Noto como con la práctica de entrar en contacto con mi niño interior voy pudiendo sentirlo más veces, con más intensidad, en diferentes momentos, en diferentes situaciones comienzo a tener relaciones con él nuevas, en las que los dos disfrutamos de nuestra compañía, jugando, tumbándonos juntos, dándonos besos, abrazos, mirándonos y riéndonos, sintiendo su cuerpo, su mirada, su sonrisa, me veo de adulto junto a él, como si pudiera volver a criarle, de una manera más amorosa, más comprensiva, más cercana. A él le veo contento de estar conmigo, con su yo adulto, con el que se siente seguro, tranquilo. En esos momentos me invade un sentimiento de alegría, pero esta es una nueva alegría, creada por mí mismo, más emocional, con la capacidad de hacerme llorar. Al ver a mi niño interior tan maravilloso también me invade un sentimiento tierno, y lo más reconfortante es el pensamiento de que ya nunca lo abandonaré, que podré conectar con él en cualquier momento. Como me prometió este paso once, aumentar el contacto con mi Poder Superior, mi niño interior, me acerca a la buena vida.